Habían pasado dos semanas desde la fiesta de Jaime, Ana no
había vuelto a tener noticias de Martín, y aunque se negaba aceptarlo, se había
enamorado, cada día se levantaba por la mañana tratando de negarse a sí misma,
que le quería, no podía aceptar que dependía de alguien.
Esa mañana era un
poco inusual , tenía que terminar de preparar el equipaje, después de comer,
ella y su familia se iban de vacaciones a Roma, aprovechando el puente. Le
había contado lo que ocurrió con Martín a su madre, y se había alegrado pero
tampoco le entusiasmaba el hecho de que su hija se saliese de su camino, o que
sus impecables notas se vieran afectadas por el amor con él.
Ana había terminado de preparar las pertenecías que quería
llevarse, sólo iban a pasar tres días, pero para ello necesitó dos maletas de
importantes dimensiones , todas ellas, llenas de muchos “por si acaso”.
Por otro lado Martín, se sentía culpable, llevaba casi un
año con su novia, y después de tanto tiempo, la había engañado, pero no se
creía capaz de confesárselo, además nunca más iba a ver a Ana, y estaba seguro
de que Laura le quería, así que puso en práctica el famoso refrán de “Ojos que
no ven, corazón que no siente”.
Martín, ese mismo día, había tenido una discusión con su
padre, había recibido las calificaciones del instituto y no eran muy
alentadoras, había suspendido seis asignaturas, y por ese motivo, le obligó a
ir a trabajar con él. El padre de Martín, no era un hombre excesivamente culto,
pero sabía que era lo mejor para su hijo, trabajaba en la terminal de pasajeros
del aeropuerto, por lo que todos los días se trasladaba desde el pequeño pueblo
en el que residía con su familia para trabajar, eran solo 30 kilómetros, pero
el tener que hacerlos todos los días le agotaba.
Cuando Martín llegó
al aeropuerto, se sorprendió un poco, ya había estado otras veces, pero nunca
en vísperas de días festivos, el tráfico de gente era sorprendente, parecía que
se iban a chocar, y le sorprendía mucho como había personas que podían viajar a
diario y no agotarse totalmente.
Hacia el mediodía hubo un descanso para comer, Martín y su
padre, se quedaron en la terminal, y de repente, mientras su padre se dedicaba
a poner pegatinas en las maletas de los turistas que facturaban su equipaje,
vio a Ana, tardó un tiempo en reconocerla, pero cuando oyó su voz, no le quedó
duda, Ana no se había percatado de que
Martín estaba a tan solo unos metros de ella, pero, sus miradas se cruzaron, se reconocieron y no
les hizo falta hablar para entenderse, Martín saltó el mostrador que separaba a
los empleados de los pasajeros y se echó a sus brazos, se besaron apasionadamente
de nuevo, delante de sus familias.
Parecía que todo estaba sacado de una película y que el
destino les trataba de decir algo, había miles de personas en la terminal y
cientos de empleados, pero por cualquier
razón se habían encontrado.
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